Nuestro blog de viajes por Sudamérica. Las novedades, desde las más importantes del proyecto hasta el día a día.

El viaje día a día

Cali

Llegamos a Cali sabiendo que veníamos a una ciudad de la que nos habían hablado hermosamente, hogar de la salsa y varias cosas más. Pero no traíamos una idea clara de dónde nos íbamos a alojar, ni de nada en general. Comenzamos por buscar el hostel más económico de nuestra también económica guía de viajes, y al llegar a él nos encontramos con una hermosa casona antigua pero perfectamente conservada, con todas las prestaciones que uno puede llegar a desear (uno, argentino, aclaro…), incluida una hermosa piscina en el medio de su patio repleto de árboles. Es el La Pinta Boogaloo, al que le hacemos publicidad gratis, sin pensarlo dos veces. De resaltar también: su mesa de billar, cocina hermosa, Wii, música constante y el desayuno infinito de 7 a 11, que obviamente tuvimos la responsabilidad de aprovechar todo lo que pudimos. Y así como nos dio la bienvenida, Cali mantuvo su postura a lo largo de todos los días en los que estuvimos ahí. Encontramos dos nuevas amigas argentinas, superestrellas de los blogs de viajes, Nati y Guada, que nos ayudaron a ver nuestro viaje desde otra perspectiva, y nos dieron miles de consejos, ideas y experiencias, al módico precio de mate ilimitado, al cual buen provecho le sacaron. También nos reencontramos con Belén, compañera de viaje por las ya lejanas rutas bolivianas. Obviamente, también fuimos a probar de la fuente de la salsa caleña, a la cual le podríamos haber dado mucho más de nosotros, si no la hubiéramos mezclado con un fútbol binacional (unos días… 😮 ) antes. Pero el ambientazo, la amabilidad de la gente, la buena onda, la linda compañía, el clima fenomenal, resultó en un combo que nos invitaba a quedarnos por semanas y semanas, pero las ganas y necesidad de seguir por las rutas también pesaron, y como siempre, nos zambullimos nuevamente en el camino.

Días paisas

(Llámase paisa a lo procedente de Antioquía, departamento del cual Medellín es capital). Partimos hacia Medellín dejando atrás el abrasador calor costeño. Por momentos, la cantidad justa, y en otros un poco demasiado (casi tenemos que volver a los pantalones largos, pero fuimos más fuertes que la temperatura). Hicimos noche en Tarasá, y después de una segunda jornada que sorprendentemente nos requirió más de 5 horas para recorrer 200 km, entramos a la gran región metropolitana casi sin darnos cuenta. Esta vez ya traíamos una invitación para alojarnos en lo de Diana, amiga de amigos. Con ella y su novio, Juan, fue cuestión de segundos para saber que habíamos encontrado un hogar paisa por unos días. Y así fue. Durante varios días nos dedicamos a comprobar la veracidad de tantas expectativas que (queriéndolo o no) ya nos habían cargado decenas de personas en las semanas anteriores. Que el atractivo de la ciudad, que la hermosura de las paisas, que la delicia de la gastronomía antioqueña, que su rico clima. Así que tuvimos que dedicarle preciadas horas de nuestro tiempo a probar toda la cuantiosa oferta de Medellín en variados rubros. Y bien podemos garantizar haber hecho todo lo que estaba a nuestro alcance. Claro que también reclutamos muchos participantes nuevos del Escribimiento, muy jóvenes algunos de ellos. Así que nos vamos muy felices de esta interesantísima ciudad que nos trató con la mayor de las calidez, con varios nuevos amigos y escribidores.

Días caribeños

Llegamos al extremo norte de nuestro recorrido, la Guajira colombiana. Antes de eso, viniendo desde Bogotá, pasamos por Bucaramanga, donde conocimos hermosa gente, lo que nos llevó a quedarnos aún más de lo previsto. Después, degustamos por primera vez el mar Caribe en las costas de Taganga, pequeño pueblo de unos 3000 habitantes, vecino de la antiquísima Santa Marta y el hermoso parque Tayrona, que muy desafortunadamente para nosotros estaba cerrado durante todo noviembre. Luego de unos días de un calor que veníamos deseando hacía cientos de leguas, pero para el cual no estábamos del todo preparados, seguimos rumbo norte hasta Palomino, acompañados de Fede, un nuevo amigo argentino que se nos unió por dos días. Ahí, neumático de camión al hombro, partimos río arriba por frondosos caminos para dejarnos llevar por el río homónimo hasta saladas aguas caribeñas. Y nos sentimos extasiados. Y chiquitos, bien chiquititos.

Días de reencuentro

Después de unos 10 días en los que el Escribimiento tomó dos caminos distintos, uno que recorría la selva ecuatoriana y otro que se adelantaba a la capital colombiana, las dos rutas se vuelven a unir para continuar como una sola. Bogotá, y más particularmente el barrio de La Candelaria, a metros de la imponente Plaza Bolívar, fue el escenario. Ahora vendrán algunos días de conocer esta riquísima metrópoli, disfrutar de su arte y energía, contactar algunos de los infinitos potenciales escribidores que ya han ido apareciendo por sus calles, teatros y cafés. Luego seguiremos rumbo al norte, para llegar a las playas del Caribe, extremo boreal del recorrido del Escribimiento.

Días de caminos separados

A lo largo del camino, uno nunca termina de encontrarse situaciones nuevas. Una de ellas fue la de decidir separarnos por unos días (menos de 10, digamos, no querríamos extrañarnos demasiado). Atención, malpensados: no fue por problemas de convivencia, ni del viaje, ni cansancio, ni nada de eso. Por el contrario, fue para ajustar nuestra agenda a distintos planes que teníamos, como encontrar viejos y lejanos amigos, o quedarse a saborear con un poco más de detenimiento los caminos, montaña, agua y aire ecuatorianos. Bruno se adelantó para ir marcando el posible extremo boreal del recorrido, mientras que Tincho y Quequi se dispusieron a conocer lo que Ecuador tenía para ofrecer, que es mucho más que lo que se puede aprovechar en unos pocos días. Pusimos como rendez-vous la hermosa ciudad de Bogotá, y de allí seguiremos juntos nuevamente, como más le gusta al Escribimiento.

Día 138 y 139

Habiendo saboreado un poco de playa, ya era muy difícil abandonar las arenas ecuatorianas, así que pusimos proa hacia la Ruta del Spondylus, para recorrer en dos días los kilómetros que separan Salinas de Pedernales, para luego recortar hacia la sierra y la capital ecuatoriana, donde tenemos más amigos para encontrar, cultura para conocer, y muchísimo más.

Día 137

Como buenos argentinos (o regulares, al menos), teníamos que venir a conocer esa tantas veces mencionada playa de Montañita. Y si lo hacíamos como excusa de encontrar amigos internacionales, esta vez en su país, mejor todavía. Así que aprovechamos el feriado local para sumergirnos en una montañita de gente, varios de los cuales deseosos de recordarles a los albicelestes extranjeros de los resultados futbolísticos recientes. Más allá de eso, playa, amigos, calor, música: un combo inmejorable.

Día 135

Nos levantamos en la hermosa playa de Máncora, supuestamente la más linda, y sino al menos la más turística, de Perú. Después de una mañana de mate con gusto a sal por la primer inmersión en el Océano Pacífico, seguimos entrenando nuestro paladar marítimo y encaramos la ruta rumbo a Ecuador. El cruce no nos presentó mayores inconvenientes, y tuvimos por primera vez en el viaje la sensación de calor agobiante, el cual sabemos que alguna otra vez nos encontraremos en la ruta.

Día 127

Día de nuevas amistades. Nuestro primer día enteramente limeño comenzó por conocer la zona desde lo más cercano: el hostel. Disfrutamos de su exótica pero amigable terraza compartiendo el mate con un nuevo amigo argentino, que nos abarrotó de información de nuestros futuros destinos. Además, retomamos las comunicaciones, después de la ausencia de varios días de ruta. Al mediodía, por fin pudimos cumplir con una de las tareas culturales más importantes que veníamos postergando desde nuestra entrada al Perú: el ceviche. Como le corresponde a todo buen explorador, aguantamos los embates de decenas de bienintencionados “jaladores” que trataron de convencernos de que su ceviche, parihuela y arroz con mariscos eran los mejores. El ganador del primer round fue El Pequi de Perú, del mercado de Chorrillos, que nos ofreció una relación costo/beneficio que no pudimos ignorar. La primera experiencia fue más que positiva, pero esperamos poder hablar con mucha más pericia del tema dentro de algunos días. A la noche nos dedicamos a hacer más nuevas amistades, por medio de amigos de amigos de amigos, y ya empezamos a presentir lo difícil que se va a hacer dejar esta hermosa ciudad por varios días.

Día 126

La etapa final del camino Cusco – Lima también nos regaló un día de sol radiante que iluminó nuestra mañana, en la que el buen tino hizo que no cediéramos a nuestro apuro por llegar, y disfrutáramos del camino pasando a conocer Huacachina, “el oasis de América”. Después sí cedimos a la tentación, pero para ir a conocer una de las más emblemáticas bodegas de pisco, que además se ha convertido ya en museo: la Bodega Lazo. Ahí pudimos ganar fuerte conocimiento en la materia a fuerza de probar y probar y probar (conductor designado excluido). Después, la tranquila llegada a Lima nos confirmó que ya nos estamos poniendo duchos en la materia de tomar contacto con ciudades desconocidas, y para antes de la hora de la cena ya habíamos encontrado nuestro nuevo pasajero hogar: el Blue House Hostel del amigo Quique.

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