Llegamos a Cali sabiendo que veníamos a una ciudad de la que nos habían hablado hermosamente, hogar de la salsa y varias cosas más. Pero no traíamos una idea clara de dónde nos íbamos a alojar, ni de nada en general. Comenzamos por buscar el hostel más económico de nuestra también económica guía de viajes, y al llegar a él nos encontramos con una hermosa casona antigua pero perfectamente conservada, con todas las prestaciones que uno puede llegar a desear (uno, argentino, aclaro…), incluida una hermosa piscina en el medio de su patio repleto de árboles. Es el La Pinta Boogaloo, al que le hacemos publicidad gratis, sin pensarlo dos veces. De resaltar también: su mesa de billar, cocina hermosa, Wii, música constante y el desayuno infinito de 7 a 11, que obviamente tuvimos la responsabilidad de aprovechar todo lo que pudimos. Y así como nos dio la bienvenida, Cali mantuvo su postura a lo largo de todos los días en los que estuvimos ahí. Encontramos dos nuevas amigas argentinas, superestrellas de los blogs de viajes, Nati y Guada, que nos ayudaron a ver nuestro viaje desde otra perspectiva, y nos dieron miles de consejos, ideas y experiencias, al módico precio de mate ilimitado, al cual buen provecho le sacaron. También nos reencontramos con Belén, compañera de viaje por las ya lejanas rutas bolivianas. Obviamente, también fuimos a probar de la fuente de la salsa caleña, a la cual le podríamos haber dado mucho más de nosotros, si no la hubiéramos mezclado con un fútbol binacional (unos días… 😮 ) antes. Pero el ambientazo, la amabilidad de la gente, la buena onda, la linda compañía, el clima fenomenal, resultó en un combo que nos invitaba a quedarnos por semanas y semanas, pero las ganas y necesidad de seguir por las rutas también pesaron, y como siempre, nos zambullimos nuevamente en el camino.

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