Cuando se dice tiempo

Abi

y un Café Internet que no tiene nada de café y sólo es Internet, a Dos la hora y temporalmente vacío. Descuida, ya llegarán los viciosos.

/Dame media/,

/aumentáme quince/,

/dame sin tiempo/.

El servidor encendido. El panel de control, una ventana más en el Windows. Los números encasillados y los valores del tiempo… si acaso hubieran pasado más de tres minutos en media hora, ya se cobran de tres cuartos de hora, cuarenta y cinco minutos. Se imprime una hoja en blanco y negro por un boliviano, y a colores por dos… no importa la cantidad e intensidad de colores que use la imagen, a dos, ése es el precio. Un día vino una chica que imprimió una imagen tan y tan cargada de tinta que la hoja debía secarse para quedar totalmente clara. Al ver aquello:

/¿cuánto es?/,

/dosss…/,

¡y qué más da!, ¡qué importa, si el dueño de ese Internet es un mezquino cabrón! No moderniza las computadoras y las mantiene aún casi muertas, cubriéndolas de scotch y sobresaturándolas con programas y juegos pesados que al iniciarse funcionan ralentizados, y ni siquiera permite un poco de compañía para Abi. El dueño pone su cara de pocos amigos cuando el Dos Catorce lo interrumpe mientras se consume en los clientes el tiempo y, por si fuera poco, la última de ese mezquino cabrón: ha desactivado la tarjeta de sonido y ya… ya ni música se puede oír. Abi a escondidas maneja la máquina Cuatro para descargar archivos, /es raro, siempre ha estado vacía, por su asiento tal vez, como todas tienen su espaldar…/, decía a Fabobo que escuchaba mirando los monitores apagados. Y el vacío pronto de la sala ya no era tan sentido, se aproximaban unos lustrabotas rápidamente, como en una competencia, corriendo, /¿a medias me das?, ¿Vice City me lo pones?/. Encienden los monitores de dos máquinas. Fabobo aprovecha para sacar del congelador una botella fría de Fanta, /creerás que hace un mes, esos changos no podían hablar bien, venían a pedirme limosnas y no entendía nada de lo que querían decirme, pero ahora… quince Vice City dame y encima se saben las claves del juego/. Están de a dos en ambas máquinas, fluidamente uno de ellos desglosa palabras en quechua y a veces se trastrueca con el castellano, risillas de por medio, /parece grave, ¿no?/, Fabobo concluye diciendo mientras bebe de la botella, /bien que le hayas dicho al dueño que pida mandarina, es más rica/. Un estudiante de universidad, ¿carrera…? ni la más remota idea. Seguro viene a copiar algún trabajo del Rincón del Vago, se delata por sí el gesto cansino y de resaca… revisa ventana a ventana los resultados de su búsqueda, una vez encontradas las páginas, las copia a un documento de Word y adapta los diversos modelos de letra unificándolos en tipo y tamaño. Luego: /oye, ¿me lo imprimes?/. El contador automático avisa a los niños que ya no quedan más de dos minutos para que el equipo se bloquee y se reinicie, /pedíle quince más/, aproximándose paga cincuenta con moneditas de a diez y veinte, /quince más a la quince/. La Dieciséis se bloquea… no hay más plata, se ha quedado con ganas de más, justo cuando estaban manejando el tanque y disparaban contra la policía y los demás autos de la ciudad. Muy bien sabe que es un truco (en pleno juego debes escribir panzer) y que en Vice City es inusual que un tanque se aparezca por mero capricho del sol poligonal, pero ahí está, caído del cielo. El tipo de la camisa playera espera a que presiones Enter y robes el tanque… pero lástima, ya es tiempo. Mi mano así es, como pistola, piensa el niño. Mantiene el índice parado y el resto de sus dedos replegados hacia las líneas de su mano a excepción del pulgar. Su mirada cruz certera de rifle cazador, ¿qué más puede haber aquí?, no quiere quedarse como mirón, no quiere ser como su cuate, quedarse elevado ahí, lo mejor será conseguirse plata para jugar de más rato o tal vez mañana, si no… ¿cómo llegaría a su casa diciendo que no había ganado nada?, tal vez… alguno de los chicos terminaría diciendo que se perdió toda la mañana en el Internet y se había gastado todo. La sola idea de ver a su padre empuñando un cinturón le producía escalofríos. Entre el gentío, que poco a poco empezaba a pasar a su alrededor, fue buscado a las personas,

/¿te lustro?/,

/uno cincuentita nomás es/, 

/no, gracias…/,

/no, no son zapatos/,

y sin embargo parecían, esos diseños modernos y engañosos. Ése sí que es claro, cuerina blanca, zapatos de doctor o practicante de Medicina… uhm… grave, apenas compraste crema color café aparte de la negra, ¿y aquél?, ¿el de ese señor lleno de tierra?, no… tiene cara de bancarrota, ¿y ese que parece universitario, de zapatos planos y puntiagudos?, /¿te lustro?, ya pues…/, un ruego cómplice al sujeto, pero a él… aquel andrajoso y desaseado aspecto del niño lo repele, le provoca una serie de sinsabores y asco… asco, ¿de cuál?, uno incluido con el olor de la tierra y el sol labrado en las abarcas, el simétrico de su pelo despeinado, un importado del campo con la chompita de los Chicago Bulls en un negro tan despintado que ya es café. El universitario en sus morenas muecas y el aguileño encurvamiento de su nariz acepta desganado, levantando el pie, ubicándolo sobre la caja de lustrar. El niño ordena el cepillo, el betún, y expande la crema en el zapato, /¿ya está?/ Sí, pero mal, mal le ha salido… si lo observas alcanzarás a notar que no es brillo, se trata de una opacidad extendida por el betún, un negro más profundo a comparación de los desportillados bordes del zapato, nada distinto… ¿y por eso te van a pagar? De paso, con toda tu malagana has pasado el cepillo y ni trapo has usado, un áspero papel higiénico rosado nomás. ¿Mereces que saque de su billetera tu paga? Es entonces que debajo de la quijada el frío tamaño del zapato se frota hacia tu rostro, como no usaste el trapo, tu piel es como trapo, manchando la huella del betún y su casi fangosa consistencia. El niño reprime el llanto y esnifa los mocos en un prolongado chorrear, carga su arma como en el Vice City y… y… y… y… ¡pa-pam!, disparo, ¡pa-pam!, disparo, uno que resuena en el oído del universitario, uno que lo atraviesa como una ráfaga perforando su interior abriendo el orificio desde el pecho y saliendo con un radio más grande por las costillas de la espalda. Examina desesperado su cuerpo, extendiendo sus manos y golpeándose, pero la ropa no ha sufrido ningún susto, se marea, en cada parpadeo espacio va tornándose borroso, ¿qué hay allí?, ¿sólo proyecciones de sombras?, sólo son contornos. Alrededor suyo se arma un gran círculo de espectadores, el niño lo rodea y da vueltas de buitre carroñero… el sol resplandece, es una luz blanca que borra los rostros, puede escuchar algo… son risas y una voz… /ese chico me ha hecho daño, me ha pegado, cara de betún me ha puesto, negro… negro como el betún eres, me ha dicho/, ¡agh!, ya parece uno de esos comediantes peruanos, la gente ríe y se va amontonado, /¡pa-pam!, voy a decir y vos ahora te vas a morir… señora… señor/, el niño da una ronda hacia la gente con una latita que el tintineo de las monedas va llenando. El universitario no responde, su cabeza se bambolea como gelatina. Una niña, con el uniforme del jardín de infantes, jala de uno de los dedos a su padre. No recibe respuesta. El señor permanece más atento a seguir riendo. ¡Pa-Pam! Al piso. Apoteosis.

Fabricio Callapa Ramírez (Sucre, Bolivia)

Habilidades

Publicado el

7 noviembre, 2015

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