La muchacha del bus a Combarbalá

Tengo una suerte podrida para viajar en bus.

Por lo general se suele sentar a mi lado un tipo viejo que apenas iniciada la marcha busca pretexto para entablar conversación – “¿no nos hemos visto en alguna parte?” – , te cuenta la historia de su vida o, peor aún, quiere saber de la tuya.

O bien se instala una dama gorda, cargada de bolsas, y que en el recorrido, como por arte de prestidigitación, saca de alguna parte una empanada de esas con abundante cebolla, que devora acompañada de una bebida gaseosa.

Saciado el apetito, finalmente desparrama su humanidad en el asiento, ocupando parte del mío, y a los pocos minutos ronca a pierna suelta lo que resta del trayecto.

No hay caso. Es mi sino en cada viaje.

Hasta que hace un par de meses hice una breve escapada de dos días a Combarbalá enviado por mi diario para efectuar un reportaje sobre la sequía que afecta desde hace tres años a esa comuna, una de las más graves de las última décadas. Además con el aliciente de reencontrarme allá con viejos amigos a los que no veía en meses.

Ya en el terminal de Ovalle, a poco de instalarme en el asiento del bus, y a minutos de la partida apareció por la puerta de la máquina una muchacha con un niño en brazos. Buena estatura, atractivo cuerpo de carnes morenas y apretadas, y un no menos interesante rostro, según pude observar de una mirada mientras avanzaba por el pasillo. Hasta detenerse junto a mí.

Después de guardar un morral en el porta equipaje sobre nuestras cabezas, se dejó caer en el asiento vacío a mi lado, ahora con el niño instalado sobre los muslos.

Buscó entonces un teléfono celular, de esos modernos con pantalla táctil, que sonaba en el interior de uno de sus bolsillos, para responder .

– Sí, ya estamos en el bus con el Erick, yo creo que en una hora, sí..

Terminada la breve conversación, dejó el aparato al niño para que se entretuviera.

Casi de inmediato el bus inició la marcha.

Cinco minutos más tarde, luego de atravesar a la vuelta de la rueda, penosamente, un camino de tierra y baches, flanqueado de un panorama de arbustos, arenas y basurales clandestinos, la máquina traspuso el puente sobre el río Limarí, apenas un hilillo de agua, cubierto de piedras blanquecinas, rodeadas de sauces y totoras, y comenzó a trepar por la ruta ya pavimentada en dirección al sur.

Unos diez kilómetros adelante el Erick – el niño – aburrido de entretenerse con el Smartphone se agitó sobre la falda de su madre estirando las piernas y golpeó con su pie derecho una de mis rodillas.

La madre se excusó con una sonrisa compungida, y amonestó a su hijo:

– Erick, no sigas dando puntapiés al caballero.

– No te preocupes, que no ha sido nada. Además ¿cómo pretendes que el niño se quede tranquilo en un viaje tan largo, no? – la tranquilicé.

Ella me agradeció con una nueva sonrisa.

Como no realizaba ese viaje desde hace varios meses, me entretuve mirando los alrededores, hasta llegar a Punitaqui, ciudad intermedia en el trayecto, en cuya plaza una cuadrilla de trabajadores se afanaba en levantar el escenario para un acto público que tendría lugar en las horas siguientes.

Una vez que dejamos atrás las últimas casas del pueblo, desapareció también el paisaje de cultivos de vides, olivos o paltos que ofrecían un panorama verde en potreros y cerros aledaños, y se abrió ante nuestros ojos una perspectiva de campos áridos, y laderas de cerros cubiertos sólo de arbustos espinosos y cactus que resistían estoicamente la falta de agua. Las siluetas de los cactus a la distancia parecían figuras humanas oteando el horizonte. Incluso las aves y roedores que solían proliferar en el sector parecían haber desaparecido.

La joven sin duda captó mi afligida mirada al paisaje.

– No había tenido la oportunidad de conocer tan directo los efectos de la sequía – me apresuré a explicarle .

– Pero no se preocupe, que esta noche va a llover – dijo entonces ella, también mirando por la ventanilla, con el niño cruzado en sus brazos, ahora dormido con el rostro pegado al pecho.

Escudriñé a mi vez el cielo absolutamente despejado de nubes y de un azul deslavado y le sonreí moviendo la cabeza.

– Lamento decepcionarte, pero no tendremos lluvia. Acabo de ver en internet, que los meteorólogos han cambiado los pronósticos que habían hecho hasta esta mañana.

Ella también sonrió. Tenía una sonrisa hermosa.

Mario Banic (Ovalle, Chile)

Habilidades

Publicado el

9 noviembre, 2015

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