La nave del olvido

Richard era entonces el más guapo de los choferes de la línea D. Estaba detrás del volante de La Nave del Olvido IV. Moreno, con el cabello rizado, musculoso, era el perfecto chamagalán.

Su micro pasaba siempre a las siete de la mañana. Era el que recogía a todos los estudiantes que íbamos al colegio. Richard era un conquistador empedernido, dejaba subir gratis a las quinceañeras. Si tenías una minifalda o un escote pronunciado, te daba cambio de más.

A ambos lados del volante tenía unas agendas pegadas en el parabrisas, llenas de anotaciones de números de teléfo-
nos. La decoración era algo espectacular: tenía unos ocho espejos retrovisores, en diferentes alturas, en los que podía siempre mirarse y mirar a las pasajeras. Esperaba a que se estableciera un mínimo contacto visual, y en el espejo te decía “para vos mamacita” y ponía una pieza especial en su reproductor. En general, Ricky Martin o Luis Miguel, aunque a veces podía tocar una cumbia sobre amores prohibidos.

No he conocido otro micro con tantos peluches. A los costados del pasillo, se encontraban afiches llenos de las frases archicursis de “Amor es…”. Amor es sentarse muy pegados, mirar películas con finales felices, caminar de la mano en el atardecer, compartir una cena de espaguetis con albóndigas escuchando música napolitana, porque poesía eres tú.

Las muchachas de mi barrio esperaban el momento en que pasara Richard a recogerlas. Había que tener suerte para encontrar espacio. Y como todas las chicas lo esperaban, los chicos subían también como moscas, colgados como podían de la escalerita en un esfuerzo por tratar de conseguir una cita para la matiné del domingo o llevarlas al gallito en el cine.

Dejé de verlo cuando salí bachiller. Mis horarios cambiaron, y también la ruta que debía seguir. Usaba ya otros micros, aunque ninguno tenía tanta decoración como esa nave del olvido.

Muchas horas de cumbia después, volví a necesitar usar la línea D. Me quedé casi media hora esperando, y al final llegó un bus destartalado. Ya casi nadie se sube en esa línea. Richard engordó.

Cecilia De Marchi (Bolivia)

Habilidades

Publicado el

29 octubre, 2015

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