¿Quiénes somos? ¿Quién soy? ¿Soy lo que se ve? ¿Soy justamente lo que no se ve? ¿Soy la esencia permanente e inalterable, esa que trasciende lo que haga, piense o sienta? ¿O soy justamente lo que hago, pienso y siento? ¿Soy algo por mí mismo? ¿O lo que me define es justamente mi pertenencia al Todo y mi inseparabilidad de ella?

Si hay algo que sé que soy, es un alma viviendo esta aventura humana. Un alma buscando la respuesta a estas mismas preguntas. Esas verdades que a veces se sienten tan obvias, tan simples, tan propias y a la vez universales a la vez. Esas que a veces se nos escapan.

Tendré que decir algo tangible de mí, por si información mundana se buscaba por este lado. Nací en Neuquén, Argentina, bendecido por una familia que fue mi primer vínculo con este universo que me ofrece absolutamente todo desde el primer momento de mi existencia. Me ofreció en ese momento amor inacabable, corazones, brazos, ojos y voces que siempre estuvieron ahí, y sé que siempre van a estar, sin importar las distancias. Al tiempo también me dio un hermano para acompañarme en muchos caminos. Algunos de aquellos seres que conforman mi familia se fueron, en un tiempo que acá llamaría “pasado”, pero su existencia sigue tan real de alguna manera como la de aquellos de quien hoy en día aún veo el reflejo.

Fui al jardín, al colegio, me mudé de ciudad, tuve mascotas, jugué, me porté bien, y alguna vez un poco mal. Junté lo que llamaron “conocimientos”, idiomas, técnicas, tácticas y alguna que otra estrategia. Saqué buenas notas y fui recompensado. Conocí el arte y la música, y moví sentimientos que desconocía. Me llegaron amigos, conocidos, contactos y hasta broncas. Conocí el amor. El no correspondido y el correspondido. El fugaz y el duradero. El loco y el tranquilo.

Me fui lejos de casa, conocí nueva gente, nuevas costumbres, nuevos horarios, nuevas libertades. Extrañé gente y costumbres. Aprendí a elegir horarios y libertades. Me recibí de ingeniero.

Tuve que tomar decisiones difíciles. Sabiendo que nunca se da marcha atrás. Pedí una beca y tuve una beca. Me subí a un avión y crucé un océano. Repetí la aventura varias veces. Entre la última y la primera habían pasado 2 años. Volví con un diploma, 4 casas, 10 países, 20 amigos, 100 conocidos y un corazón a punto de estallar a cuestas.

A la vuelta, mi corazón volvió a elegir Córdoba. Todavía había acá muchas cosas que hacer y que aprender, gente con la que compartir, y tiempo para disfrutar. Conocí una empresa, a la gente que le daba sentido y cuerpo, y conocí lo que hacían. Decidí unírmeles y me aceptaron e integraron. Puse mi cuerpo, mente y tiempo a su servicio. A cambio obtuve amigos,  satisfacción intelectual, y el correspondiente pan de cada día. De eso hacen ya otros 2 años.

Todos heredamos expectativas y programas, de la familia, círculo social, sociedad en general. Vienen envueltos en el mismo brillante paquete en el que recibimos cosas hermosas: el respeto, la pertenencia,  la aceptación. Hoy me detengo a repasar cuántas de todas estas he podido ya cumplir. No ha sido demasiado difícil, a decir verdad. Y sin embargo, siempre puede uno obligarse a tener que cumplir más. Pero esta vez no.

Esta vez yo no. He aceptado los paquetes que me han dado. Los he honrado y a cambio de los regalos he dado mi parte. Creo estar a mano con cada uno con quien mi cuento personal me ha cruzado; no creo deberle nada a nadie. He pedido perdón, y me considero perdonado. Pero sobre todo, nadie me debe nada, y a absolutamente todos he perdonado. Y agradezco profundamente los regalos que me han sido ofrecidos.

Hoy mi búsqueda me lleva a traer al mundo este sueño que es el Escribimiento, y lo quiero compartir con todas las otras almas que quieran jugar a este juego conmigo. Amigos de toda la vida se han embarcado conmigo, lo que me llena de un regocijo infinito. Desconozco mi rol exacto en esta historia, pero siento estar exactamente donde el Universo me quiere. Y yo quiero estar acá. Vengo a ofrecerlo todo. Y el que todo da, no pierde, sino que multiplica.

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