Definirse uno mismo. Tarea casi tan difícil como el pedido de un profe para auto calificarse en una prueba (aunque ésta última, obvio, era más predecible en cuanto al resultado; podía terminar con un “modesto 9”, como para no dar la sensación de autosuficiencia y eficacia máxima, a la vez que uno quedaba con la panza llena).

Podría decirse, no obstante la complejidad de la cuestión, que Ezequiel (alias Quequi, para los amigos) no hay uno solo, sino varios a la vez.

Está ese cuyo espíritu nómade empuja fervientemente a visitar tierras lejanas, conocer culturas, modos, orígenes y presentes ajenos -mientras se empeña en dejar algo que pueda ser de utilidad en cada puerto-, pero también existe ese otro que puede enamorarse perdidamente de una dama, una causa o una vocación, y saborea la idea de arriar velas para aferrarse a ella.

Los dos, curiosamente, disfrutan de imaginar escenarios absurdos, vivir distintos paisajes y descubrir la esencia de los demás a través de las palabras, de una copa de vino compartida o del humor. Comparten también la pasión por moverse – con locura o calma – al compás de la música, extasiarse con la magia de una buena lectura y aprender nuevas artes.

Un Ezequiel quería ser biólogo de niño, aunque terminó licenciándose en Relaciones Internacionales para intentar comprender el mundo y sus complejos entramados. El mismo que más tarde viajó y se instaló en Buenos Aires para trabajar como asesor del Congreso y concretar una Maestría en Políticas Públicas, con una beca en mano de la Universidad Di Tella.

Esos Ezequieles (los que tienen el corazón de niño y la impronta de un joven) creen en ponerse al servicio de quienes sufren marginación, convencidos de que el verdadero desarrollo humano se logra ejerciendo la propia responsabilidad comunitaria – y algo más -. Sueñan, por otro lado, con desarrollar su espíritu lúdico creando un juego de mesa que divierta infinitamente a quienes se animen a abrir la caja.

A su vez se esfuerzan por transformar en armónica melodía el empleo de un instrumento musical, dar un pase al pie al fútbol, cultivar amistades fieles y duraderas, oír más de lo que hablan, intentar un cambio positivo en el mundo y alimentar la buena onda familiar.

Uno de ellos (el único, en verdad…) se permite dudar – y lo hace con frecuencia, como modo de conocer el mundo -, sentir de verdad con todos los sentidos, y develar su ser más íntimo e infantil a aquellos que realmente ama.

En fin… todos – ninguno exclusivamente – conforman una esencia en permanente cambio, cuya más absoluta realidad se apoya en unas fervientes ganas de experimentar la vida con intensidad, acompañado de aquellos que así también ven la cosa; con la ansiedad y felicidad que brinda la curiosidad.

En este proyecto en particular, que logra hilar la hermandad de nuestra rica y diversa región latinoamericana a través de la magia de las letras, estoy feliz de poner todos mis “yos” interiores al servicio de la causa, y más junto a dos personas a las que admiro y quiero profundamente, como mi hermano y mejor amigo, Tincho, y mi gran amigo de toda la vida, Bru.


* Para seguir mi experiencia en El Escribimiento de América (y algunas otras historias), podés entrar a http://diariodeviajedc.blogspot.com.ar/

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